Recuerdo con cierta nostalgia las primeras campañas electorales. Los altavoces de los coches fabricando una lengua extraña con los eslóganes cruzados en el aire. Las calles tapizadas de octavillas multicolores. Los muros parecían crucigramas. Cientos de fotos subrayadas con siglas todavía desconocidas para un niño: AP, PTE, PDP, UPAN, PCPA... La izquierda de la época apelaba por el pluralismo partidista como síntoma de sanidad democrática. Aquellos jóvenes abominaban del bipartidismo y de la abstención. Tan imprevisibles en los setenta como llamar sin cables o calentar sin fuego. Han cambiado los tiempos. Aquellos jóvenes alcanzaron el poder. Y ahora defienden justo lo contrario. Nos comparan con Suiza y Estados Unidos para justificar los escasos índices de participación. Y alimentan el enfrentamiento entre pares para acabar con la presencia mediática de las minorías. Imprudentemente. Sin darse cuenta de la miseria de su discurso y de sus nefastas consecuencias.
El desinterés generalizado hacia la política no es la causa sino la principal consecuencia de esta estrategia suicida. Por definición, el bipartidismo conlleva una semidictadura del partido gobernante debido a la falta de control efectivo por la oposición minoritaria. Hablo de matemáticas. Quien alcanza el poder puede hacer prácticamente lo que quiera. Irregularidades incluidas. La mayoría de las veces silenciadas por una oposición cómplice que hizo lo mismo o que lo hará cuando cambien las tornas. Y en medio de tanta mierda, como siempre, los más débiles. Si de verdad se creyera en la democracia, la ley concedería a los ciudadanos mecanismos de control directo sin tener que esperar cuatro años a elegir entre listas cerradas. Serían públicas y ejecutivas las resoluciones de los Defensores del Pueblo o del Ciudadano. O los colectivos sin personalidad jurídica accederían gratuitamente a la justicia No conviene.
Hace más de un año y medio que nació el Taller de Ciudadanía como alternativa de participación directa a esta situación de crisis democrática. Un espacio abierto e independiente para fomentar el encuentro, el diálogo y el desarrollo sociocultural de los ciudadanos que quisieron acudir a sus sesiones. El poder de IU despreció sus propuestas acusándole de ser una franquicia del PSOE. Ahora llegan las elecciones municipales y me llena de felicidad descubrir a muchos de los asistentes y amigos en las listas del PA, PSOE, PP, UPAN… Todos ellos han asumido la difícil e ingrata responsabilidad de la democracia representativa. Y con su actitud valiente han demostrado el pluralismo y la pureza de intenciones del Taller de Ciudadanía. El tiempo ha descubierto quien mentía. Y la historia juzgará su hermosa labor de regeneración democrática. Volverán a llenar el aire, el suelo y las paredes con sus esperanzadores mensajes. Una segunda transición que debería servir de ejemplo a otros muchos lugares de Andalucía.
martes, 5 de junio de 2007
lunes, 4 de junio de 2007
Historia General de Al Andalus
Sé bien lo que significa sentir a medias. Notar que te falta un palmo para que el roce de los labios sepa a beso, el tacto de los dedos a caricia, la miel a la miel. La hemiplejia sentimental no se cura con pastillas. Ni con cirugía. Se acepta. O acaba contigo.
Un drama similar padece quien conoce a medias. El imbécil que ignora que no sabe y aún así defiende su postura como si en ello le fuese la vida. Sólo que la ignorancia consentida se cura. No mata. Y daña más al prójimo que a uno mismo.
Los males individuales sacuden con la misma virulencia a los grupos sociales. Una pareja, una empresa, una ciudad o un país, pueden sufrir la misma depresión que tú sufres. Andalucía, sin ir más lejos, siente y sabe a medias. Y de ahí provienen sus males.
Siempre creí que a los andaluces nos sobraba sentimiento y nos faltaba conciencia. Demasiado corazón y poca cabeza. El mal endémico de Andalucía. Me duele decir que los 25 años de gobierno socialista han invertido la proporción a peor: hemos perdido sentimiento y carecemos de conciencia. Y lo peor es que casi nadie advierte la enfermedad, a casi nadie le importa el diagnóstico, y a nadie le interesa el remedio: saber quienes somos.
No hay día que no me pregunte quien soy. Que no me cuestione la existencia. Qué hago aquí. Cuál es mi sitio. El pasado martes, en una conferencia que escuché a ratos por imbécil, el escritor Gustavo Martín Garzo justificaba la vida como el tránsito necesario para encontrar el sentido de vivir. Conocerse a uno mismo es la única tarea que nos encomendó el destino desde que nos desprendimos del cordón umbilical. Y no entiendo porqué lo que resulta legítimo a título individual se rechaza por peligroso a título colectivo. Yo vivo en Andalucía. Hablo, pienso y siento en andaluz. Y como yo, la inmensa mayoría de los que me rodean. Sin embargo, conocer nuestras señas de identidad ya no es cool. Para muchos, un absurdo político. Lo intelectualmente moderno y comprometido consiste en divagar sobre lo que votarán los catalanes, el proceso de arrepentimiento recíproco en Euskadi, o el mestizaje planetario de culturas siempre que no se produzca dentro de tu casa. En el mejor de los casos, el progresismo se ha convertido en una pose estéril a miles de galaxias de la realidad. Por eso me parece valiente el gesto de la editorial Almuzara, encargando y publicando la “Historia General de Al Andalus” de Emilio González Ferrín. Una obra maestra. Urgente e importante. Necesaria. Porque explica con rigor y sentido común en qué consiste uno de los ingredientes esenciales del alma popular andaluza. Aunque es un libro de historia, no habla de pasado. Está escrito en presente. Es vanguardia. Política. Pensamiento contemporáneo. Psicología. Sangre. Su lectura debería recetarse en las farmacias. Porque cura esta ignorancia consentida que tanto daño nos está haciendo sin darnos cuenta. Y además, sin pretenderlo, alivia los males del corazón.
Un drama similar padece quien conoce a medias. El imbécil que ignora que no sabe y aún así defiende su postura como si en ello le fuese la vida. Sólo que la ignorancia consentida se cura. No mata. Y daña más al prójimo que a uno mismo.
Los males individuales sacuden con la misma virulencia a los grupos sociales. Una pareja, una empresa, una ciudad o un país, pueden sufrir la misma depresión que tú sufres. Andalucía, sin ir más lejos, siente y sabe a medias. Y de ahí provienen sus males.
Siempre creí que a los andaluces nos sobraba sentimiento y nos faltaba conciencia. Demasiado corazón y poca cabeza. El mal endémico de Andalucía. Me duele decir que los 25 años de gobierno socialista han invertido la proporción a peor: hemos perdido sentimiento y carecemos de conciencia. Y lo peor es que casi nadie advierte la enfermedad, a casi nadie le importa el diagnóstico, y a nadie le interesa el remedio: saber quienes somos.
No hay día que no me pregunte quien soy. Que no me cuestione la existencia. Qué hago aquí. Cuál es mi sitio. El pasado martes, en una conferencia que escuché a ratos por imbécil, el escritor Gustavo Martín Garzo justificaba la vida como el tránsito necesario para encontrar el sentido de vivir. Conocerse a uno mismo es la única tarea que nos encomendó el destino desde que nos desprendimos del cordón umbilical. Y no entiendo porqué lo que resulta legítimo a título individual se rechaza por peligroso a título colectivo. Yo vivo en Andalucía. Hablo, pienso y siento en andaluz. Y como yo, la inmensa mayoría de los que me rodean. Sin embargo, conocer nuestras señas de identidad ya no es cool. Para muchos, un absurdo político. Lo intelectualmente moderno y comprometido consiste en divagar sobre lo que votarán los catalanes, el proceso de arrepentimiento recíproco en Euskadi, o el mestizaje planetario de culturas siempre que no se produzca dentro de tu casa. En el mejor de los casos, el progresismo se ha convertido en una pose estéril a miles de galaxias de la realidad. Por eso me parece valiente el gesto de la editorial Almuzara, encargando y publicando la “Historia General de Al Andalus” de Emilio González Ferrín. Una obra maestra. Urgente e importante. Necesaria. Porque explica con rigor y sentido común en qué consiste uno de los ingredientes esenciales del alma popular andaluza. Aunque es un libro de historia, no habla de pasado. Está escrito en presente. Es vanguardia. Política. Pensamiento contemporáneo. Psicología. Sangre. Su lectura debería recetarse en las farmacias. Porque cura esta ignorancia consentida que tanto daño nos está haciendo sin darnos cuenta. Y además, sin pretenderlo, alivia los males del corazón.
Labios como espadas
José Saramago comparó la devastación humana en Palestina con el holocausto nazi. Y no pasó nada. Dijo la verdad. Y no pasó nada. Miento. Lo acusaron de antisemita. Esa es la trascendencia política real de la intelectualidad contemporánea. Ninguna. Pero hizo lo que debía. Decir la verdad y decirlo para que nos doliera la conciencia.
En España la cosa está aún peor. Y cadáver en Andalucía. La capacidad de nuestros intelectuales para influir activamente en la ciudadanía es mínima, por no decir nula. Los más arrojados emplean las espadas como labios. El resto, ni eso. Se entretienen en golpearse entre sí en una sarta de peleas incestuosas que no interesan a nadie. Ni a ellos siquiera. Me asombra y me asusta que la valentía política de los pensadores actuales sobrevenga a los 90 años. Que pocos se atrevan a opinar con metralla por temor a perder su tribuna pública. Que muchos hayan olvidado o ignoren para qué escriben. Yo escribo para cambiar el mundo. Soy un iluso. Lo sé. Pero coincido con Orwell en que no puede llamarse escritor quien no persiga alcanzar una finalidad política con su obra. Él empuñó un fusil. A nosotros nos toca empuñar la vida.
No basta con la palabra. El intelectual contemporáneo tiene que actuar. Convertirse al activismo y llevar a la práctica lo que escribe. No sé quien dijo que la mejor educación era el ejemplo. Así es. Esta sociedad anestesiada necesita de un revulsivo ideológico. Y no basta con la palabra. Poco tiempo después de la denuncia de Saramago, Israel invadió Líbano. Unos callaron para no ser acusados de antisemitas. Otros hablaron y hablaron hasta llenar columnas y columnas de dolor ajeno. Pero nadie salió a la calle a protestar. Porque era verano, claro. Vacaciones. Y porque la verdad política se viste de colores y ahora tocaba vestirse de silencio para nuestra vergüenza.
Creo con sinceridad que los intelectuales nos hemos convertido en los peores cómplices de esta mal llamada “sociedad de la información”, de este monstruo que desinforma a fuerza de vomitar opiniones. Nos hemos degradado en simples alimentadores del ruido de fondo. El ciudadano inteligente nos rehuye como la peste y termina fabricándose su propia verdad, infinitamente menos esteriotipada que la nuestra. ¿Y así queremos cambiar algo? Así es imposible. Hoy ya no sirven los cauces literarios de siglos pasados. No basta con la palabra porque la mayoría de las veces nos sobra. Lo que necesita esta sociedad son ejemplos. Hechos. Acciones. Para mí es mucho más “intelectual” quien se deja la vida por los demás, que quien piensa por escrito para sí mismo. Los tiempos han cambiado y es lógico que también cambien los mecanismos para influir en las conciencias. Es urgente hilvanarlas al corazón para elevarlas a la categoría de movimientos colectivos. Sigo creyendo y confiando en que esta tarea corresponde a los intelectuales. Pero me temo que no así.
Lo que dijo Saramago no sirvió para nada, aunque me hiriera por dentro como si me hubieran bombardeado los intestinos. Pero al menos Saramago utilizó los labios como espadas. Esa fue su acción. Su ejemplo. Ya es Nobel y viejo por fuera. Nosotros todavía no hemos cumplido la mitad de sus años, y ya damos pena. Por fuera y por dentro.
En España la cosa está aún peor. Y cadáver en Andalucía. La capacidad de nuestros intelectuales para influir activamente en la ciudadanía es mínima, por no decir nula. Los más arrojados emplean las espadas como labios. El resto, ni eso. Se entretienen en golpearse entre sí en una sarta de peleas incestuosas que no interesan a nadie. Ni a ellos siquiera. Me asombra y me asusta que la valentía política de los pensadores actuales sobrevenga a los 90 años. Que pocos se atrevan a opinar con metralla por temor a perder su tribuna pública. Que muchos hayan olvidado o ignoren para qué escriben. Yo escribo para cambiar el mundo. Soy un iluso. Lo sé. Pero coincido con Orwell en que no puede llamarse escritor quien no persiga alcanzar una finalidad política con su obra. Él empuñó un fusil. A nosotros nos toca empuñar la vida.
No basta con la palabra. El intelectual contemporáneo tiene que actuar. Convertirse al activismo y llevar a la práctica lo que escribe. No sé quien dijo que la mejor educación era el ejemplo. Así es. Esta sociedad anestesiada necesita de un revulsivo ideológico. Y no basta con la palabra. Poco tiempo después de la denuncia de Saramago, Israel invadió Líbano. Unos callaron para no ser acusados de antisemitas. Otros hablaron y hablaron hasta llenar columnas y columnas de dolor ajeno. Pero nadie salió a la calle a protestar. Porque era verano, claro. Vacaciones. Y porque la verdad política se viste de colores y ahora tocaba vestirse de silencio para nuestra vergüenza.
Creo con sinceridad que los intelectuales nos hemos convertido en los peores cómplices de esta mal llamada “sociedad de la información”, de este monstruo que desinforma a fuerza de vomitar opiniones. Nos hemos degradado en simples alimentadores del ruido de fondo. El ciudadano inteligente nos rehuye como la peste y termina fabricándose su propia verdad, infinitamente menos esteriotipada que la nuestra. ¿Y así queremos cambiar algo? Así es imposible. Hoy ya no sirven los cauces literarios de siglos pasados. No basta con la palabra porque la mayoría de las veces nos sobra. Lo que necesita esta sociedad son ejemplos. Hechos. Acciones. Para mí es mucho más “intelectual” quien se deja la vida por los demás, que quien piensa por escrito para sí mismo. Los tiempos han cambiado y es lógico que también cambien los mecanismos para influir en las conciencias. Es urgente hilvanarlas al corazón para elevarlas a la categoría de movimientos colectivos. Sigo creyendo y confiando en que esta tarea corresponde a los intelectuales. Pero me temo que no así.
Lo que dijo Saramago no sirvió para nada, aunque me hiriera por dentro como si me hubieran bombardeado los intestinos. Pero al menos Saramago utilizó los labios como espadas. Esa fue su acción. Su ejemplo. Ya es Nobel y viejo por fuera. Nosotros todavía no hemos cumplido la mitad de sus años, y ya damos pena. Por fuera y por dentro.
La hija del candidato
La noche del domingo la pasé con un candidato. No consiguió su acta de concejal. Entregó el corazón al pueblo. Y el pueblo le dio la espalda. A medida que conocía los resultados, se apagaba un poco más la luz de sus ojos. Hasta el eclipse. Sus compañeros llegaron rotos a la sede. Los más jóvenes golpeaban las paredes. Ellas sostenían el gesto con el maquillaje difuminado por las lágrimas. Ninguno pretendía poder. Ni dinero. Ni tierra. Todos comprometieron mucho más que sus nombres por un ideal. Y a todos les dolía la ingratitud como un cáncer en el alma. La enfermedad social más nociva y con las secuelas más inhumanas que conozco. La ingratitud metaboliza a los más débiles en bueyes o en lobos. Afortunadamente, son fuertes. Y aunque la vida no les había vacunado contra ella, ninguno hundirá la cabeza ni morderá por instinto. Seguirán siendo hombres y mujeres a quienes les dolerá los demás aunque a los demás no les duela.
La hija del candidato tiene 18 años. No comprendía lo ocurrido. Buscaba con la mirada perdida una razón por todas partes. Su padre intentó consolarla con un abrazo. Entonces supe que todo había merecido la pena. Su hija no lloraba por no tener saldo en el móvil. O porque quería llegar más tarde a casa. O quedar con sus amigos de botellón. No. Ella lloraba porque había tomado conciencia de la realidad. Y le dolía como a cualquiera que siente el dolor ajeno tanto como el propio. En otro tiempo no muy lejano, la mayoría callaba cuando metían al vecino en la cárcel. Eso le pasa por pensar distinto, decían. Hoy son muy pocos los encarcelados por ese motivo. Ahora se castiga a los disidentes de otra manera. Se les hace la vida imposible. No se les contrata o son injustamente despedidos. No consiguen subvenciones. Son calumniados. Y calumniar es como comer la carne de tu hermano muerto. Un mal que jamás se cura. La mayoría, como entonces, prefiere no saber para no tener cargos de conciencia. Pero la hija del candidato ya sabe que existen personas de otro metal que se dejan la piel para que no se cometan más injusticias. Y ha terminado aprendiendo que son las personas como su padre quienes las sufren más injustamente. Y a mí me ha confirmado que nunca pierde quien actúa movido por el amor y conforme a su conciencia.
Dice una copla andaluza: “Cuando me quiero morir, echo una manta al suelo y me jarto de dormir”. Son muchos los políticos profesionales que se quieren morir tras las últimas elecciones. Algunos como Pacheco o Garrido han decidido suicidarse antes de que otros los fusilen. La mayoría duerme. Ahora que los barcos se hunden, ahora que los tripulantes saltan por la borda, ahora, precisamente ahora, hay que subir para remar. Desde esta humilde ventana invito a la unión de todas las fuerzas civiles y políticas que se sientan andaluzas de izquierda para formar un bloque de activismo republicano, federalista, ecologista, universalista y radical democrático. Creo que el barco ya existe y que el capitán está dispuesto a subir en él a todas las pateras. Y podría dar mil argumentos políticos a favor. Pero ninguno tan convincente como las lágrimas de la hija del candidato.
La hija del candidato tiene 18 años. No comprendía lo ocurrido. Buscaba con la mirada perdida una razón por todas partes. Su padre intentó consolarla con un abrazo. Entonces supe que todo había merecido la pena. Su hija no lloraba por no tener saldo en el móvil. O porque quería llegar más tarde a casa. O quedar con sus amigos de botellón. No. Ella lloraba porque había tomado conciencia de la realidad. Y le dolía como a cualquiera que siente el dolor ajeno tanto como el propio. En otro tiempo no muy lejano, la mayoría callaba cuando metían al vecino en la cárcel. Eso le pasa por pensar distinto, decían. Hoy son muy pocos los encarcelados por ese motivo. Ahora se castiga a los disidentes de otra manera. Se les hace la vida imposible. No se les contrata o son injustamente despedidos. No consiguen subvenciones. Son calumniados. Y calumniar es como comer la carne de tu hermano muerto. Un mal que jamás se cura. La mayoría, como entonces, prefiere no saber para no tener cargos de conciencia. Pero la hija del candidato ya sabe que existen personas de otro metal que se dejan la piel para que no se cometan más injusticias. Y ha terminado aprendiendo que son las personas como su padre quienes las sufren más injustamente. Y a mí me ha confirmado que nunca pierde quien actúa movido por el amor y conforme a su conciencia.
Dice una copla andaluza: “Cuando me quiero morir, echo una manta al suelo y me jarto de dormir”. Son muchos los políticos profesionales que se quieren morir tras las últimas elecciones. Algunos como Pacheco o Garrido han decidido suicidarse antes de que otros los fusilen. La mayoría duerme. Ahora que los barcos se hunden, ahora que los tripulantes saltan por la borda, ahora, precisamente ahora, hay que subir para remar. Desde esta humilde ventana invito a la unión de todas las fuerzas civiles y políticas que se sientan andaluzas de izquierda para formar un bloque de activismo republicano, federalista, ecologista, universalista y radical democrático. Creo que el barco ya existe y que el capitán está dispuesto a subir en él a todas las pateras. Y podría dar mil argumentos políticos a favor. Pero ninguno tan convincente como las lágrimas de la hija del candidato.
miércoles, 30 de mayo de 2007
muchedumbre
Esta democracia es una farsa. Una burda mentira. Una estructura formal y consentida irracionalmente so pena de fascismo. Una marioneta legalizada para que los hilos invisibles sigan en las manos de siempre. Una comedia representada por una partitocracia insolente, profesionalizada y esclava de los que nadie conoce. El poder real no reside en el pueblo. Es metafísicamente imposible. Porque el pueblo no existe. Y una democracia sin pueblo es sólo poder. Una democracia sin pueblo no es democracia.
Blas Infante distinguía entre pueblo y muchedumbre. El pueblo se compone de ciudadanos. La muchedumbre de habitantes. El pueblo tiene conciencia. La muchedumbre, no. El pueblo es minoría en cualquier pueblo. La mayoría, muchedumbre. Agua estancada de un pantano que respeta atemorizada la autoridad del dique. Son los hilos invisibles quienes deciden cómo, cuándo y cuánto se abren las compuertas. Agua salvaje que obedece domesticada. A la minoría corresponde abrir nuevas brechas de salida para encauzar a la muchedumbre y convertirla en pueblo. Peligro. Los pantanos se vacían. Y el agua se conciencia de su poder inconsciente.
No es casualidad que el censo electoral se someta al padrón de habitantes y no al de ciudadanos. A esta democracia hueca no le interesa formar a sus clientes. Le conviene mucho más repartir las paredes, el tiempo y las farolas entre sus escasos proveedores. Pero el pueblo existe. Esa es la verdad. Y a veces se abren vetas como puños en las presas. Y el agua sale por donde no se quiere. Y ahoga. Y riega los campos secos. Y provoca primaveras sobrevenidas. Hoy es primavera todavía. Pero soy pesimista. Porque hace demasiado tiempo que esta tierra que fue alma de pueblo, sólo es carne de muchedumbre.
Infante decía que aquellos que son tratados como bestias sólo instintos pueden sustentar. Decía que hay que estar siempre en guardia contra el enemigo común, el actual secuestro de la tierra, causa de todas las calamidades sociales. Creía en la democracia directa y popular. Creía en el poder del pueblo. Creía en la patria ciudadana. En el universalismo desde el respeto a las diferencias. Decía que los partidos políticos actuales no responden hoy a las exigencias del pueblo. Creía en la soberanía social. En que a pesar de las depresiones inherentes a toda colectividad, el ideal humanitario terminaría haciendo realidad la utopía de la convivencia entre las culturas y los pueblos. Intuyó que la crisis europea no era ni política, ni económica sino humana, una crisis de humanidad. Creía en la revolución pedagógica permanente para superarla. Decía que por encima de todos los estados políticos, el estado natural del ser humano era el de su libertad. Y a fuerza de tanto decir, le callaron la boca de un disparo.
Hoy votan a la vez pueblo y muchedumbre. Y ganará la última. Como siempre. Yo creo firmemente en la democracia. Por eso pertenezco al pueblo. Que igual no vota. O lo hace en blanco. O por cualquiera de las opciones minoritarias o mayoritarias. Que más da. En las estadísticas lo que el pueblo haga hoy, se verá sepultado por lo que haga la muchedumbre.
Blas Infante distinguía entre pueblo y muchedumbre. El pueblo se compone de ciudadanos. La muchedumbre de habitantes. El pueblo tiene conciencia. La muchedumbre, no. El pueblo es minoría en cualquier pueblo. La mayoría, muchedumbre. Agua estancada de un pantano que respeta atemorizada la autoridad del dique. Son los hilos invisibles quienes deciden cómo, cuándo y cuánto se abren las compuertas. Agua salvaje que obedece domesticada. A la minoría corresponde abrir nuevas brechas de salida para encauzar a la muchedumbre y convertirla en pueblo. Peligro. Los pantanos se vacían. Y el agua se conciencia de su poder inconsciente.
No es casualidad que el censo electoral se someta al padrón de habitantes y no al de ciudadanos. A esta democracia hueca no le interesa formar a sus clientes. Le conviene mucho más repartir las paredes, el tiempo y las farolas entre sus escasos proveedores. Pero el pueblo existe. Esa es la verdad. Y a veces se abren vetas como puños en las presas. Y el agua sale por donde no se quiere. Y ahoga. Y riega los campos secos. Y provoca primaveras sobrevenidas. Hoy es primavera todavía. Pero soy pesimista. Porque hace demasiado tiempo que esta tierra que fue alma de pueblo, sólo es carne de muchedumbre.
Infante decía que aquellos que son tratados como bestias sólo instintos pueden sustentar. Decía que hay que estar siempre en guardia contra el enemigo común, el actual secuestro de la tierra, causa de todas las calamidades sociales. Creía en la democracia directa y popular. Creía en el poder del pueblo. Creía en la patria ciudadana. En el universalismo desde el respeto a las diferencias. Decía que los partidos políticos actuales no responden hoy a las exigencias del pueblo. Creía en la soberanía social. En que a pesar de las depresiones inherentes a toda colectividad, el ideal humanitario terminaría haciendo realidad la utopía de la convivencia entre las culturas y los pueblos. Intuyó que la crisis europea no era ni política, ni económica sino humana, una crisis de humanidad. Creía en la revolución pedagógica permanente para superarla. Decía que por encima de todos los estados políticos, el estado natural del ser humano era el de su libertad. Y a fuerza de tanto decir, le callaron la boca de un disparo.
Hoy votan a la vez pueblo y muchedumbre. Y ganará la última. Como siempre. Yo creo firmemente en la democracia. Por eso pertenezco al pueblo. Que igual no vota. O lo hace en blanco. O por cualquiera de las opciones minoritarias o mayoritarias. Que más da. En las estadísticas lo que el pueblo haga hoy, se verá sepultado por lo que haga la muchedumbre.
miércoles, 9 de mayo de 2007
Los números de hielo
La semana pasada murieron más de cien personas en la carretera. Casi las mismas que en los trenes de Atocha. Que caídas de los andamios. Cuatro veces más que por violencia de género. Terror sin terroristas. Atentados no reivindicados por nadie. Víctimas anónimas en las columnas de los periódicos. Muertos sin esquelas en los telediarios. Números de hielo que se derriten al sol de las próximas vacaciones. Que sólo importan a los encargados del registro civil y de la póliza de seguros.
Yo conocí uno. Pertenecía a una mujer. Joven. Casada. Embarazada de cuatro meses. La cabeza se le abrió como una granada podrida. Dormía en el asiento de atrás. Llovía. Era noche cerrada. El coche derrapó en una curva. Quedó atravesado en mitad de la carretera. El que venía detrás no pudo esquivarlo. Bam. Un golpe seco a la altura del conductor. En su puerta. Saltaron los airbags y le salvaron la vida. A ella no. Murió en el acto. Fue como arrojar una jaula por las escaleras. Con el pájaro dentro. Ya cadáver. Conservo su nombre en mi móvil y no me atrevo a borrarlo para no matarla dos veces. Su marido también es amigo mío. Y le quiero. Y quiero que jamás olvide lo mucho que vivió con ella. Para ser mejor persona todavía. Su coleta dorada. Sus ojos agua. Su boca fácil. Siempre abierta al perdón y a la vida. Donó todos sus órganos. Ahora laten en otros cuerpos no marchitos. Y ella en mi cabeza. La edad media de las lápidas de alrededor no bajaba de los 80. Ella poco más de 20.
Disparo. Cuchillo. Velocidad. Lluvia. Drogas. Niebla. Veneno. Alcohol. Metralla. Qué importa el medio. Si de verdad no se quiere que nadie muera acuchillado habría que prohibir los cuchillos. Y si nadie debe morir en la carretera que se prohíban los coches. Así de fácil. Me enteré del accidente en Tánger. Allí se conduce con el culo. Las rotondas parecen rehalas de hormigas sin rumbo. Un caos. La gente se cruza por cualquier parte. Los niños se cuelan por debajo de los camiones con matrícula extranjera. Pero apenas hay accidentes. Porque todos saben y respetan que el ser humano tiene preferencia sobre las máquinas. Y porque hay controles policiales cada 20 kilómetros. Con radares como faros. En Francia ocurre otro tanto. Y en Alemania. Y en Libia. Y en Colombia. Y en todos los países donde la administración no hace negocios con la sangre de la carretera. Indecente. Indecente. Indecente. No hay juego más macabro que intentar equilibrar los gastos que generan los muertos con los ingresos de las multas que pagan los vivos.
Él está vivo. No pudo ir al entierro de su esposa. Lo ataron a la cama. Su hermano se despidió por él. Con el móvil. La voz prestada. Y la firmeza de un soldado anémico. Se desmayó en mitad de la misa. Solidariamente. En huelga. Negándose a respirar el aire intruso que debía estar respirando ella. Yo conocí uno de los cien números de hielo. Ahora agua de lluvia. Que anega los campos y las caras limpias. Y los baches. Y las señales equivocadas. Y los radares ocultos. Y los arcenes sin señalar. Y los coches oficiales. Y la vida.
Yo conocí uno. Pertenecía a una mujer. Joven. Casada. Embarazada de cuatro meses. La cabeza se le abrió como una granada podrida. Dormía en el asiento de atrás. Llovía. Era noche cerrada. El coche derrapó en una curva. Quedó atravesado en mitad de la carretera. El que venía detrás no pudo esquivarlo. Bam. Un golpe seco a la altura del conductor. En su puerta. Saltaron los airbags y le salvaron la vida. A ella no. Murió en el acto. Fue como arrojar una jaula por las escaleras. Con el pájaro dentro. Ya cadáver. Conservo su nombre en mi móvil y no me atrevo a borrarlo para no matarla dos veces. Su marido también es amigo mío. Y le quiero. Y quiero que jamás olvide lo mucho que vivió con ella. Para ser mejor persona todavía. Su coleta dorada. Sus ojos agua. Su boca fácil. Siempre abierta al perdón y a la vida. Donó todos sus órganos. Ahora laten en otros cuerpos no marchitos. Y ella en mi cabeza. La edad media de las lápidas de alrededor no bajaba de los 80. Ella poco más de 20.
Disparo. Cuchillo. Velocidad. Lluvia. Drogas. Niebla. Veneno. Alcohol. Metralla. Qué importa el medio. Si de verdad no se quiere que nadie muera acuchillado habría que prohibir los cuchillos. Y si nadie debe morir en la carretera que se prohíban los coches. Así de fácil. Me enteré del accidente en Tánger. Allí se conduce con el culo. Las rotondas parecen rehalas de hormigas sin rumbo. Un caos. La gente se cruza por cualquier parte. Los niños se cuelan por debajo de los camiones con matrícula extranjera. Pero apenas hay accidentes. Porque todos saben y respetan que el ser humano tiene preferencia sobre las máquinas. Y porque hay controles policiales cada 20 kilómetros. Con radares como faros. En Francia ocurre otro tanto. Y en Alemania. Y en Libia. Y en Colombia. Y en todos los países donde la administración no hace negocios con la sangre de la carretera. Indecente. Indecente. Indecente. No hay juego más macabro que intentar equilibrar los gastos que generan los muertos con los ingresos de las multas que pagan los vivos.
Él está vivo. No pudo ir al entierro de su esposa. Lo ataron a la cama. Su hermano se despidió por él. Con el móvil. La voz prestada. Y la firmeza de un soldado anémico. Se desmayó en mitad de la misa. Solidariamente. En huelga. Negándose a respirar el aire intruso que debía estar respirando ella. Yo conocí uno de los cien números de hielo. Ahora agua de lluvia. Que anega los campos y las caras limpias. Y los baches. Y las señales equivocadas. Y los radares ocultos. Y los arcenes sin señalar. Y los coches oficiales. Y la vida.
lunes, 7 de mayo de 2007
Premonición
Los musulmanes se saludan con la mano derecha en el corazón y la palabra “salam”. Salam quiere decir Paz. No hay diálogo entre musulmanes que no comience con el deseo recíproco de paz. Y paz es lo que pido desesperadamente antes de sacar las cosas de quicio. Alguien ha publicado que conversos españoles se proponen construir en Córdoba con dinero saudí una mezquita a modo de Meca europea. Para quienes todavía profesamos la religión del sentido común, suena a disparate. Una inocentada. Lo malo es que todavía queda semana y media para el 28 de diciembre. La noticia tiene toda su mala intención. Reconozco que la jugada es maestra. Maquiavélica. Hace unos días el obispo de Bilbao alentó la convivencia íntima de culturas dentro la Mezquita de Córdoba. Eso dijo. Y esa es la verdad. Pero es tan hermosa que hay que acabar con ella. Y la mejor manera de hacerlo consiste en alentar el miedo del islamismo y colocarlo a la altura de las parcelaciones ilegales de Medina Azahara. Quizá con el pánico al integrismo accedan al plan BIC y desalojen por fin la zona. No hay mensaje de paz que no sea respondido desde las estructuras de siempre con un tsunami de intolerancia y xenofobia. La primera consecuencia de esta estrategia perversa consiste en la exterminación de las zonas de opinión intermedias. La prensa se ve obligada a preguntar a los representantes de unos y otros, a obispos y juntas islámicas. ¿Y a mí quién me pregunta?
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